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De amores y versos en el otoño medieval de Juan Victorio
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De amores y versos en el otoño medieval ofrece un panorama del amor en la Edad Media que pretende mostrar al lector no especializado una realidad distinta de la que puede estar acostumbrado por otras visiones de este complejo período.

Título: De amores y versos en el otoño medieval
Autor: Juan Victorio
Edita: Velecio Editores
Páginas: 270
Precio: 19 Euros
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El amor es un tema importante, por no decir el más importante, en todos los tiempos y literaturas, y sin duda en la Edad Media, en la que se da el nacimiento y florecimiento del llamado amor cortés, no es la excepción. Bajo el bello título de De amores y versos en el otoño medieval (en un homenaje al libro ya clásico El otoño de la Edad Media de Johan Huizinga) el profesor Victorio quiere mostrar al lector no especializado cómo era el amor en esta época. Para ello divide su libro en dos partes, una dedicada a los amores (y amoríos) en el ámbito propiamente histórico (especialmente a los líos amorosos de los reyes castellanos) y otra dedicada al reflejo del amor en los poemas de la época.

El texto pretende así mostrar una Edad Media más dada a los placeres del amor de lo que (según cree el autor) la generalidad del publico puede considerar en la actualidad. Aunque de hecho dicha premisa creo que no es del todo cierta (dudo que haya muchos posibles lectores del libro de Victorio que puedan considerar la Edad Media como una época en la que el placer estuviera desterrado) tampoco lo es que en la Edad Media la búsqueda del placer sexual reinara por doquier, como a veces parece querer demostrar el autor.

El autor inicia un recorrido por las vidas de los reyes de la época para mostrar cómo, dado que el matrimonio no era casi nunca fruto del amor sino de decisiones políticas o económicas en el caso de reyes y nobles –y concertados igualmente por los padres en el resto de la sociedad- la existencia de adulterios y amancebamientos eran moneda corriente. Efectivamente esto es así en el caso de los reyes, pero no sólo en la Edad Media, sino en todas las épocas, lo cual no demuestra necesariamente que el resto de la población obrara de la misma forma, pues precisamente los reyes y nobles, en una época como la medieval, estaban radicalmente alejados de la población general en usos y costumbres. No deberían pues servirnos como ejemplo de las costumbres del pueblo lo que hicieran reyes y nobles. Por otra parte creo que no es desconocida esta realidad ni siquiera para el público no especialista, pues el que más o el que menos ha oído hablar de la Beltraneja, y sabe de los Trastámara, por citar personajes que sirven de referencia a Victorio en su recorrido.

A continuación, se centra Victorio en las leyes contra las relaciones prohibidas (amor con mujer casada, amor entre religiosos, etc) partiendo de la premisa de que su sola existencia demuestra la necesidad de hacerlas cumplir, esto es; que en general no se cumplían. Sin embargo, creemos que no es tan fácil llegar a esa conclusión, si evidentemente las leyes –en todas las épocas- se realizan porque hay un comportamiento que condenar, es decir que estos comportamientos existían y está lo suficientemente extendidos para que fuera necesario legislar contra ellos; no es menos cierto que generalmente las leyes suelen cumplirse por la mayoría de las personas, y es una minoría la que la incumple, y no al revés (salvo excepciones). Cualquiera puede imaginar que en una sociedad sometida al temor religioso, -pero también y quizá más al temor al castigo civil, pues ciertos comportamientos no solo eran moralmente malos sino también condenados como delitos- como sin duda lo era la medieval -pero también lo han sido otras épocas más recientes, y no es necesario hacer mucha memoria para recordar cuánta represión sexual existía en España hace algunos años.- es lógico suponer que existirían muchos infractores pero sin duda muchos más sometidos.

Igualmente la presencia de poemas de “malmaridadas” donde la mujer se queja de su matrimonio concertado y expresa sus verdaderos deseos, tampoco puede servirnos para generalizar comportamientos aunque evidentemente sí descubrirnos los deseos y anhelos de la mujer medieval, que en definitiva es una de las finalidades del libro de Victorio: mostrar al lector que la mujer medieval no estaba tan sometida –al menos en su ser interno, otra cosa es que la dejaran expresarlo en todos los ámbitos- como pudiera parecer.

Esta primera parte muestra que efectivamente la sociedad medieval no estaba tan sometida como algunos pueden considerar, especialmente en el caso de la mujer, pero insistimos en que tampoco se debe entender que esto era lo generalizado (es decir, la situación contraria) como la insistencia de Victorio puede hacer creer a un lector poco avispado.

La segunda parte del libro se centra en la poesía, mostrando cómo hay un gran componente erótico tanto en la poesía popular como en la poesía cortesana. SI bien esto es cierto, cabe reprochar a Victorio el que plantee estas ideas como si la filología actual no lo entendiera así, cuando si bien es cierto que durante muchos años la filología ha obviado el componente erótico especialmente de la poesía cortesana (muchísimo menos de la poesía popular), no es justo decirlo en el año 2004, pues en esa fecha hace muchos años que la filología ha desvelado todo este simbolismo y mucho más de lo que muestra Victorio en este apartado, y sin embargo, para el lector no especializado que leyera su libro pareciera que los filólogos seguimos leyendo estos poemas con la ingenuidad de hace 50 años –aunque también habría mucho que decir con respecto a esa supuesta ingenuidad de hace 50 años.

Evidentemente hay todo un simbolismo erótico en la poesía popular de la Edad Media, simbolismo que está estudiado y “catalogado” y al menos yo no sé qué filólogos hoy cuando en un poema “se dice que una moza va a la ´fontana fría a lavarse los cabellos´, ven solamente una costumbre de entonces” (p. 179).

Otro tanto sucede con la poesía de cancionero, que efectivamente durante muchos años se leyó de una forma parcial, obviando la polisemia de muchos términos que podían tener un componente sexual. Pero hace más de 20 años que se hace una lectura diferente de esta poesía, e igualmente hoy se sabe que términos como “penar”, “muerte”, “fe” etc. dicen más de lo que su literalidad esconde. Pero es que la poesía de cancionero es precisamente un juego de ingenio, una poesía intelectual que es tan compleja de entender muchas veces que hacer una lectura simplificadora en uno u otro sentido es empobrecerla gravemente, al margen de que al lector de hoy le pueda gustar más o menos (probablemente nada) o pueda entenderla más o menos (seguramente muy poco). Por eso la simplificación que realiza Victorio, aunque justificada en su empeño de mostrar esa lectura erótica, es peligrosa para el lector no especializado al que va destinado el libro, que puede creer que en la poesía de cancionero todo son veladas alusiones al acto sexual, y todo poeta cortesano sólo escribía de forma diferente diversas formas de expresar su deseo y su satisfacción sexual, o dicho con las propias palabras de Victorio que el “penar” del poeta sólo refleja “el ejercicio físico de la unión amorosa” (p. 228) cuando sin duda los poetas también “penarían” por otro motivos como pudiera muy bien ser el no permitirle la dama de sus sueños realizar ese ejercicio, pero no solamente.

Por otra parte los poetas cortesanos no tenían en realidad motivos de sonrojo para encerrar sus deseos en palabras ocultas, en realidad si lo hacían era porque formaba parte del código y del juego conceptual de esta poesía donde el juego verbal es fundamental. De hecho junto a poemas “ideales” los mismos poetas escribían versos más procaces, versos de burlas donde el lenguaje es mucho más claro, como los poemas recogidos en el “Cancionero de obras de burlas”. Por citar un ejemplo de uno de los poetas más mencionados por Victorio, Diego de San Pedro, vemos cómo este poeta no tenían empacho en usar otros términos más claros en un poema recogido por Hernando del Castillo en su Cancionero General junto a otros supuestamente dedicados al amor cortés e ideal (evidentemente este poema, hace años, no se incluía en las antologías de poesía cancioneril, por ejemplo fue eliminado de la edición del Cancionero General que edito la RAE en 1958. Pero mucho ha llovido desde entonces.):

Más hermosa que cortés,
donde la virtud caresce,
el culo, no le negués,
qu´en el gesto le tenés,
si en las nalgas os fallesce.

Y si hay algún primor
para no tener ninguno,
yo digo que algún gordor
el coño y el salvhonor [=CULO]
os ha hecho todo uno.

Assí como Dueratón
pierd´el nombre entrando en Duero,
assí por esta razón
perdió el nombre ell abispero
cuando entró en el coñarrón.

Y este poema se dice que lo escribió San Pedro “a una señora a quien rogó que le besase y ella le respondió que no tenía culo”.

Por tanto no todos los versos eran idealistas, pero tampoco todos los versos supuestamente idealistas no lo son, sino que conviven magistralmente el ideal del amor con el deseo de amor carnal, de hecho una cosa no quita la otra, pues ya los provenzales querían a la dama “cor e cors” , es decir el corazón, pero también el cuerpo. En palabras de álvaro Alonso, hace ya 15 años, lo propio de la poesía cortesana del s. XV es la ambigüedad por la cual los términos sin perder su sentido más inocente insinúan una sugerencia de tipo erótico (aunque sea para acabar desmintiéndola). También R.O,Jones advierte de que todo se presta a interpretación erótica si el lector se propone encontrarla con empeño. Advertencia que parece haber desoído Victorio o que al menos debiera haber lanzado a los lectores de su libro; advertencia que nosotros hacemos aquí para que al lector entienda que la poesía cortesana es más de lo que parece.

En definitiva creemos que el libro de Victorio adolece de cierta simplificación de la realidad medieval precisamente por querer demostrar la falacia de otras simplificaciones o falsedades de la visión de esta época, y si bien es cierto que todo libro de divulgación que pretende acercar un tema complejo al lector no especializado debe simplificar enormemente, quizá hubiera sido bueno advertirlo al lector y sobre todo no generalizar demasiado ni en el motivo del estudio ni en los estudiosos que le han precedido, para dar al lector una visión más real (aunque lógicamente reducida) del amor en la época medieval y de la poesía de esta época.

Valentín Pérez Venzalá

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