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Un señor particular: Miguel Sánchez-Ostiz
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» Por Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan
Sánchez-Ostiz es de los escritores sacrificados por la pobre Posmodernidad española. Cuando la crítica social de Sánchez-Ostiz dejó de reflejarse en el pasado y apuntó hacia objetivos contemporáneos identificables y perdió el manto de la melancolía y el arrobo suave de la nostalgia, él desapareció como por ensalmo de la nómina de los nuevos escritores para ir a encallar en el limbo de quien no existe oficialmente.

Sorprende y resulta punto más que agradable que en tiempos de figurantes, premiados, gacetilleros y fulgurantes estrellas de media temporada, aún haya gente cuyo, si no único interés, al menos el mayor, sea el de escribir, y escribir bien, en plena marejada, contra viento y marea, contra los mandarines de la cultura y de la sociedad, contra las camarillas y las logias; que aún haya alguien que dé valor a lo escrito en la página y no a las clasificaciones en virtud de las ventas. Cuando la casi inmensa mayoría de los que en su día fueron socialistas o comunistas se han pasado al grupo de los neo-conservadores y mantienen su radicalismo pasado (en más de un sentido), se alza la figura de Miguel Sánchez-Ostiz, solitario, indómito y adusto.

Sánchez-Ostiz es de los escritores sacrificados por la pobre Posmodernidad española. Empezó publicando en los años ochenta Los papeles del ilusionista (1982), El pasaje de la luna (1984), Tánger Bar (1987), novelas que cayeron en el cajón de sastre de lo que entonces se llamó la nueva narrativa española, y que no fue si no un extraordinario ejercicio de publicidad y venta de novelas contemporáneas. De aquella algazara quedan algunas novelas estimables y un puñado de escritores que quisieron hacer de ello su medio de vida pero a quienes dejaron en la cuneta por no amoldarse a unas normas – dictadas en gran medida por los caciques culturales del lugar: concejales, directores de la cosa, consejeros autonómicos de cultura y demás farautes, sin olvidar a los muy perspicaces directores editoriales de algunas casas – y que impusieron una novelita ligera, sencilla, con su punto de insustancialidad vestida por vulgares problemas falsamente metafísicos y adobada con su melancólica nostalgia por un pasado falso.

Con estos mimbres han ido escribiendo las más famosas y jaleadas por los lectores – habría que añadir también la importancia de la novela histórica, en la que se falsean los datos y los hechos con el solo propósito de apoyar una tesis ideológica o política –. Sánchez-Ostiz empezó su carrera literaria bajo los auspicios de Patrick Modiano, autor por el cual siempre ha reconocido una viva admiración y, creo yo, de Pío Baroja, acaso nuestro mejor novelista. El ansia de aventuras que empuja los personajes barojianos se mezcla con la búsqueda de lo que ocurrió en el pasado. Las primeras novelas, las citadas más otras como La quinta del americano (1987) y La gran ilusión (1989), traslucen melancolía y un cierto aire demodé y finisecular de un tiempo ya perdido entre las brumas del tiempo y del olvido, el de las grandes familias prósperas de un país que ha visto cómo todo se transformaba y el orden tradicional se ha visto reemplazado por el de los advenedizos, aunque en La gran ilusión la búsqueda es la de tres amigos en un pasado regido por la dictadura.

Cuando la crítica social de Sánchez-Ostiz dejó de reflejarse en el pasado y apuntó hacia objetivos contemporáneos identificables y perdió el manto de la melancolía y el arrobo suave de la nostalgia, él desapareció como por ensalmo de la nómina de los nuevos escritores para ir a encallar en el limbo de quien no existe oficialmente. Uno puede preguntarse si eso es bueno o malo. Por mi parte siempre he pensado que si uno tiene asegurada la vida, lo mejor es que no le molesten con monsergas ni luces de farolillos que al final solo molestan con su resplandor.

De la escritura de Sánchez-Ostiz, y consciente de no haber leído con la necesaria atención su poesía, me quedo con lo más personal: sus diarios, artículos y conferencias. De vez en cuando me pregunto cuál es la razón que mueve a los escritores a dejar constancia escrita de sus días y sus labores, sus tristezas y sus enfados, sus entusiasmos y sus fracasos, más allá de la mera creación de un personaje, eso sí. Porque el problema de las cartas, los dietarios y demás escritura autobiográfica (aunque solo lo sea hasta cierto punto) es el peligro, la tentación o como quieran llamarlo, de crearse como personaje paralelo a los de las novelas. La llamada escritura del yo y que quizás sería mejor que fuera del tú, escasa en España hasta no hace mucho – con siempre honrosas excepciones – ha brotado ahora con extraordinaria pujanza, como si tantos siglos de silencio aherrojado pidieran una compensación y la intimidad quisiera mostrarse impúdica o tan falsa como siempre pues tanta autobiografía en un país donde ha estado siempre ausente de su lugar no queda más remedio que desconfiar de los súbitos golpes de sinceridad. La ayuda que las nuevas tecnologías ofrecen es impagable, pues ahora quien quiera que se precie mínimamente tiene su propia bitácora aunque en su vida haya navegado ni estado en la sala de mapas ni haya subido a la gavia de proa.

De nuevo, Sánchez-Ostiz se aleja de tanto exhibicionismo impúdico y bobalicón para ir dándonos cuenta de los pasos perdidos de la vida: sus disgustos más que sus gustos, sus desconciertos, su entusiasmos, mínimos a veces, pero intensos, en fin, una vida de provincias de un señor particular que se dedica al ejercicio de la escritura memorialística, ficticia y real, y que solo pretende hacer su trabajo lo mejor posible alejado de las fanfarrias, los petardeos, las adulaciones y esa caterva de profesionales de la cultura que han logrado ahogarla en un piélago de insustancialidad, esos sí muy brillante y abigarrado.

[Libros de Miguel Sánchez-Ostiz]

Elvira Calvo es autora del libro Pájaro del sueño, editado por Minotauro Digital. Leer más >>


Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan, Un señor particular: Miguel Sánchez-Ostiz, Minotauro Digital, Octubre 2006

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